Física de los cuerpos eróticos

En el estudio de las pasiones, los filósofos se han encargado de cartografiar los extensos territorios de la relación erótica. Y aunque en un primer momento,  uno no puede mas que dudar de la eficacia de estos esfuerzos y de los productos tan parcos que nos han ofrecido; no podríamos evitar remitirnos al menos a un par de estos venerables esclavos de la verdad, al momento de definir aquello de lo que intentaré ocuparme a continuación. Pues bien, esta misma tarea no es algo que me sea ajeno, ni por lejos una cosa en la que no piense a menudo, junto con todo aquello que, sin poderse ver, abarca los fondos últimos de la materia misma en que me vivo. Materia entonces carne. Arcilla de universo y color. Ojos de un mundo que se agota en el deseo. Y aunque es seguro que me encontraré cierta resistencia en mis proposiciones, digo no sin un dejo de alivio, que el mundo sí se agota en el deseo, ya que desde el deseo uno cifra siempre su vida. Ya como una exploración inmanente de las propias potencias, ya como una búsqueda incesante por llenar un vacio ontológico. En cualquier caso, no es expresamente el deseo aquello de lo que quiero hablar hoy, pero sí las formas en las que el deseo se cifra en un cuerpo y lo erotiza. Y cómo, a partir de este cambio de estado, el cuerpo habrá de seguir una serie de movimientos, ciclos y vueltas que sólo podrían ser explicados como una suerte de mecanica inherente al tiempo y la situacion de nuestras pieles en tanto cuerpos eróticos. Esta vendría a ser mi labor el día de hoy, y con suerte podre presentar una física que satisfaga en varios niveles, la pregunta misma por los propios movimientos involuntarios de mi cuerpo. Pues bien, empezando por lo simple y obvio. Los cuerpos eróticos sirven a una serie de reglas que desafían los límites de la mecánica clásica. Al punto en que podríamos decir, que un cuerpo erotizado es capaz de flotar por el aire, cruzar paredes y vivir el tiempo como un eco del tiempo junto al ser amado. Los cuerpos erotizados se vuelven materia sutil y se excitan al viento. Se agotan y consumen en caricias y palabras de amor. Y por un momento, todas las vidas se vuelven una expresión de sí mismas, bajo los influjos del amor. Claro que, aquello no es siempre verdad. Pues entre la ley del deseo y la mecánica erótica, el individuo tiende a desintegrarse entre penurias. E incluso de aquellos que consiguen librar una batalla contra el universo y ganar: reconocer en el latido del otro su propio corazon, de ellos sólo podemos contar los esfuerzos a los que se tuvieron que someter, la redención de Psique y los trabajos de Persiles y Segismunda. Pero de poco nos serviria conjurar aqui los amores antiguos, salvo como una pequeña muestra de una fisica que sigue vigente hasta nuestros dias, al menos parcialmente. Y es importante marcar aqui una diferencia entre, digamos, un amor del siglo XXI, a un amor del siglo XV, III, o IV a.C. Pasando por la erotización del conocimiento, que hacia de Socrates uno de los hombres mas atractivos de Atenas a pesar de su horrible apariencia. Llegando al retacado amor del medioevo, entre la carne putrefacta y el extasis conventual. Cruzando a toda velocidad los amores isabelinos y los relatos bocaccianos hacia las penurias del joven Werther. Hasta terminar aquí, con la muerte en Venecia y los amores y los cuerpos liquificados. Con la materia deshecha entre las malas concepciones del amor y la imperante busqueda del alivio ontológico. Así nos vivimos los cuerpos erotizados en la hiper modernidad. Cuerpos como coladeras que filtran incesantes otros cuerpos a traves de sus potencias, los enroscan, exprimen y abandonan para la siguiente cosecha de placeres. El mundo, bajo esta visión, es una bandeja sobre la que se derraman los sucedaneos del amor-coladera de nuestras almas empobrecidas. Se nutre de ellos y vomita esperanza. Y aquellos que son aun lo suficientemente atrevidos para recogerla, pueden vislumbrar el amor heredado de siglos de fisica sentimental. Amor escondido a plena vista, con cada molécula esparcida entre el polvo de la ciudad. Curiosamente, para aquellas almas atrevidas, cada molécula representa un amanecer y una infinitud por si misma. Ven en cada flor una promesa, y en cada sonrisa un hogar. Sus cuerpos se configuran de tal modo que se pueden mantener impermeables al dolor. Al menos hasta que la partícula, flor o eternidad los abandone. Y es que los cuerpos cuando flotan, se dispersan y aglomeran en potencias al servicio de un de un deseo caprichoso y casi pueril. El joven Eros exige de sus cuerpos arrebato y pira sacrificial. Fuente de vida al servicio del amor. Vida en tanto movimiento. Un espejo escondido en la vena mas profunda de la Tierra. La promesa del amor de poder, vivir y flotar para siempre en el amor. Claro que, dicha promesa es cumplida solo pocas veces y cada una se revela como un velo de nieve bajo las pupilas. Así, el mundo es visto como una copia del mundo interno erotizado. Se divide y concilia en dos visiones polares del mismo suceso: el amor entendido como tragedia, perdida y sacrificio; y el amor entendido como idilio, esperanza y salvación. Digo, pues, que el cuerpo erotizado es llevado por el mundo como un alma a la merced de un viento caprichoso. Que un dia sopla hacia los calidos torrentes de la esperanza; y al otro pasa por las crueles garras de la desesperacion. 
Quizá, el problema de todo sea la propia capacidad de amar. Una bomba en la memoria que sublima los recuerdos y los transforma en reflejos de eternidad bajo la piel. Después de todo ¿Cuántas memorias sublimadas puede soportar el cuerpo antes de colapsar sobre si mismo? y también ¿Cuántas promesas rotas esconde una mirada, cuando el corazón ya no quiere brillar? 
Y es que, en el fondo, uno solo sufre lo mismo y tan profundo como su más alta esperanza. Uno solo sufre lo mismo que puede apreciar. Las formas y colores al reverso del mundo. Los ecos de la eternidad susurrando un te quiero. Te amo. No te vayas. No permitas que mi carne se desgarre sin ver tu imagen grabada en el cielo matutino. Que mis verdades más profundas caigan sin prisa sobre cada una de las terrazas de la antigua Babilonia. Que los vientos paren sobre el preciso instante en que te llevaste mi corazón.

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