MANIFIESTO
Hace unos años
comencé punto ciego, un proyecto fotográfico en el que me enfoco en
minimalismo, paisaje y arquitectura. Pensé sobre todo, que no quería retratar
personas, por parecerme que de ellas siempre sabemos cosas. Quería que este
proyecto que había nacido de una necesidad espiritual, reflejara mi propio espíritu
que se revela contra las estructuras. Sin caras bonitas, ni ropas vistosas, ni
todas esas cosas con las que solo hasta ahora me voy reconciliando.
Luego de un año, recopilé mis mejores piezas en un libro que reproduje y vendí
a algunos amigos cercanos (los pocos a los que convencí de comprarlo). El libro contenía un primer manifiesto sobre lo que
pensaba acerca de la labor del fotógrafo. Manifiesto que, si bien aún mantiene
cierta vigencia, me pareció necesario reestructurar, con motivo del tercer
aniversario del proyecto. Así, decidí escribir este segundo manifiesto, acerca
del instante, la labor del fotógrafo y la eternidad.
PUNTO
CIEGO
¿Qué es un instante?
¿Qué es un
instante? Momentos que se derraman por los poros de la piel y regresan a la
eternidad. Un beso, una caricia. Un instante detenido en el ojo y la memoria.
El dios interno que se atestigua a sí mismo. El recuerdo de un recuerdo. Vida
en movimiento.
Desde luego, un
instante no se puede capturar. Ni el ojo ni la bala pueden alcanzarlo. El
problema estoico se resuelve en que Aquiles nunca atrapa a la tortuga. Y de la
misma forma, sin importar a qué velocidad pongamos el obturador, nunca podremos
atrapar el instante. Sería una tarea infértil intentarlo. Si solo el instante
pudiera ser capturado, todo el mundo se detendría. El tiempo dejaría de
devorarse a sí mismo y volveríamos al martirio del edén. Al tiempo de la sangre
en erupción. Al inicio del movimiento.
Si pudiéramos
capturar el instante, todas nuestras vidas se estancarían en iris sin creación.
La contemplación del recuerdo capturaría la memoria, sin poder escapar del dolor
y la nostalgia.
Y aún así,
existen quienes queremos capturar el instante. Quienes nos instalamos en el ojo
y la memoria. Y vivimos en el límite del concepto. Esperando caer o definir lo
que fuimos. Deseo. Poder. Esperando que la vida nos reivindique como esclavos. Que
nos otorgue la pasión de los sabios que se marchitaron en sabiduría.
Queremos, pues,
decidir el instante en un recuadro. Esculpir sobre el tiempo y el momento.
Capturar la realidad en un punto lejano a la distancia.
Me refiero,
sobre todo, a la creación artística como medio de exploración de la
sensibilidad. Como un ojo que se observa a sí mismo para definir sus bordes. En
esta profunda contradicción, el ojo deja de ser ojo y se convierte en milagro. Abandona
su propia divinidad y se convierte en otra cosa. Bendita. Marchita. Lejos del
instante la vida se agota. El tiempo capturado por la necesidad. Vértigo.
Aceleración.
La vida que se
agota cae marchita sobre la maquinaria, y la nutre. El instante se mantiene
sobre el fondo del absoluto, y florece.
Renace, con la
vida que renace de la máquina. Un tiempo sin principio ni final. Eternidad. Y
al final ¿qué otra ambición podría tener, si no es la de capturar la eternidad?
Recordar las vidas de nuestras vidas marchitas e infundirles nuevo aliento. Una
mirada perdida en un instante que se olvida en el tiempo. A marcha forzada
contra los dientes del rodillo. Aplastada. Desde que recuerdo, siempre me sentí
aplastada.
Por eso reivindico
la memoria, el instante y la eternidad. Eso es lo que se encuentra aquí.
Taxonomía sentimental. Milagro. Punto ciego en el ojo de dios.
Luis Olguin
Link al proyecto en Instagram: instagram.com/p.untociego/
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