Sobre la Amistad
Alguna vez dentro del sueño, alguien me dijo, que de todos los rostros en los que el amor se esconde, quizá el que se muestre más placentero y agradable sea el de la amistad. Y recuerdo haber leído, de las páginas de algún llamado sabio, que el amor que se construye sobre la amistad es doblemente bendito.
Claro que, poco importa para mi excusa de hoy. El sol brilla y proyecta las sombras de los cielos sobre mi cabeza mientras se esconde; y la infinita paz de esta apabullante ciudad me impele, a no hablar del amor, aunque tanto podría decir al respecto.
No. Hoy mi alma no se agota en el suspiro que escapa de las nubes en las horas doradas de mi vida. Hoy quiero una lágrima de alegría al recordar el sol. Que la sombra de mis ojos bifracte, y lance mi partícula menos densa al infinito, si algo de eso tiene algún sentido.
Y si algo alguna vez tuvo algún sentido, quiero hablar de la soledad. Este espíritu invencible que nos cubre de polvo en la ciudad. Que nos aleja y comunica y que, como quien busca la náusea dentro de su vida, permanece constante en sus intentos.
Y no es mi intención dar poder a una sombra en mi cabeza, aunque bien sé que podría hacerlo. Hoy solo quiero hablar desde el poro y la partícula. Tirar por la ventana las colchas manchadas por orines de gato, y ver qué hago después con el colchón.
Hoy quiero, hablar de posibilidad y acción. Del destino de mi cuerpo suspendido en el abismo. De un cuerpo que vio una estrella en el árido firmamento citadino, y sintió una profunda tristeza por su soledad. Y es que ese siempre fue mi cuerpo, cercano a la Luna y a la casa, para poder estar seguro. Brillando solo en el árido cielo de la cuenca.
Abajo, a miles de kilómetros, estrellas falsas se reunen a bailar. En un pico y un cráter en el fondo. Yo siempre lo envidié. En mi cuerpo, la vida se debatía entre una vida que se alumbra en el cielo de la ciudad, y la necesidad de estellar mi cara contra el suelo para poder sentir de cerca.
En esta profunda contradicción, mis pieles de granito se arrancaban. Caían a pedazos sobre el techo de las casas, sin tocar a sus habitantes. Yo no conocía a nadie.
Pero esto no es del todo cierto. Hubo un tiempo en que mi vida estelar era pura luz. Un tiempo en que podía eclipsar la vida misma, y llegar a todos los corazones que me vieran. Una vez que recordé esto, todo empezó a cambiar.
Ha estado pasando, lento y continuo, como un reloj de arena cansado hasta de su propio paso. Una metamorfosis constante en que mi cuerpo espera por fin abandonar la crisálida, construida en la infancia para poder estar seguro. En este cambio y nueva vida, conocí todos los vicios que me acompañarían después, en forma del amor.
Amor que, reflejo propio y del mundo, cambiaba de forma. Se volvía forma de formas de amigos y parejas, efigies numénicas que ahuyentaban a la soledad. Al rededor de ellas yo podía construir mis naciones, cruzar fronteras invisibles en la ciudad de noche perpetua. Soltar mis pieles de muerte infértil y sentir, que ya no estaba solo.
Sentir que podía caminar por el horizonte acompañado. Entre sonrisas y juegos como al principio. No de la vida, sino del tiempo. Una y muchas vidas que, ajenas a mí, me ayudarían a recordar todas las razones que el mundo tiene para girar. Hogar. Desde que recuerdo, siempre he buscado un hogar. Hogar temporal, adecuado a mi naturaleza cambiante. Ajeno a la culpa y al castigo. Me he construido varios como ese.
En mi mente, la vida que crece en mi interior se inflama con el viento, visita cuevas que brillan por toda la ciudad y se marcha, dejando el regalo de la vida y la promesa de volver. Y lo digo sin temor a la arrogancia o a ser falaz, pues en mi pecho se albergan todas las camas en las que he dormido, todos los techos y paredes de las casas de mis amigos, sus mascotas y sus hábitos matutinos. No podría olvidar a ninguno de ellos.
Así que, en sentido último, me parece que esta es la única razón por la cual permanezco aquí, virtiendo intimidades como si solo fuera ropa tendida en una reja comunal. Yo nunca tuve una reja comunal, por eso no sé si debería guardar mis intimidades o si es mejor así. Lo único que quiero es decir, a cada una de las almas que me han consolado, a todas las miradas que me han mirado, a todos los pedazos de eternidad que me han permitido compartirla. Gracias por hacerme saber que no estoy solo. Por salvar el gran río seco del mundo, hacia una existencia compartida.
Hoy brindo, en copa de astros y de novas, por todas las aventuras que fueron escritas, y por todas las que después se contarán. Que ellas nos envuelvan en amor y en deleite, y podamos bailar juntos, fin del mundo.
Que su vida se llene de dichas, y que el sol brille siempre en sus cielos.
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