La sequía
La sequía es una narración breve, un primer acercamiento al género de la ciencia ficción, y una carta de amor a Bradbury, uno de los muchos autores que, como soles bondadosos, dan calor a mi existencia como soledad en búsqueda de compañía. Este relato en particular forma parte de un ciclo que, como las crónicas de Bradbury, empiezan con la destrucción de la vida en el planeta. La sequía será publicada en los meses próximos, por el Grupo Editorial Letras Negras, en su antología de ciencia ficción.
La sequía.
La sequía tomó por sorpresa a la sociedad del
hartazgo. Cuando se anunció por primera vez, nadie creyó que fuera posible. Los
mares, los ríos y todas las plantas se secarían, envenenadas por años y años de
servicio sin descanso. Todos atribuimos la fábula a una secta de aburridos
empeñados en fastidiar a todo el mundo. Luego, la ciencia se encargó de probar
que la sequía era imposible. Resultó confortante poder desmentir algunos de los
argumentos más sencillos con investigaciones de prestigio. Luego solo quedaba
desmentir el miedo.
Afortunadamente, tuvimos mucho tiempo para eso. Cada
día se repetía la misma plegaria a los dioses abundantes: que no se acabe (el
mundo). En las granjas, cabezas de cien y doscientos kilos, estrechas una
contra otra, demostraban la abundancia de la tierra ¿dónde estaba el peligro en
eso? Debajo, las minas comenzaban a derrumbarse víctimas de su propio uso, y
nuestros científicos afirmaron que era solo un reacomodo, esencial para la
producción de nuevos recursos. Otra prueba contra la sequía. Y si uno mira al
cielo, decían, verán nubes grises y más grises, es la abundancia que el cielo
prepara todos los días para la Tierra, suficiente para todos y para muchos más.
Así que poco a poco el mito de la sequía fue perdiendo
terreno hasta ser recordado como una farsa sensacionalista. En las cadenas
nacionales se les enseñaba que los niños listos no creen en la sequía, y en los
canales internacionales gotas de lluvia bailaban con plantas nucleares, cabezas
de ganado y otras representaciones de la industria humana, hacia un futuro rico
y esperanzador. Después de cierto tiempo, cualquiera que pensara en la sequía
como algo posible fue tachado de ignorante y de sumiso a miedos irracionales.
Las iglesias, para no perder vigencia, se llenaban de
ofrendas vistosas. Jesús vestía Channell y fumaba en cigarro electrónico; Buda
comía el aroma de cientos de platillos preparados exclusivamente para adornar
los santuarios; las sinagogas cambiaron todas sus ventanas por oro real para
demostrar la fuerte herencia de Abraham; y las mezquitas se llenaban de humos
sagrados oropel cinco veces al día. Y tal era la convicción de las religiones
para contradecir la sequía, que se unieron en una liga por el futuro, compraron
un canal de radio y uno de televisión para transmitir sin interrupciones
debates y sermones en todos los credos sobre por qué la sequía no solo era
imposible, sino que contrariaba todo lo que la fe enseñaba.
Los políticos en campaña iban a los polos, a las
granjas, a los ríos y a los barrios más pobres, a demostrar que el mundo no
estaba en peligro, al menos no si votaban por ellos. Al final, una campaña
política exitosa, era en donde el candidato daba más besos a bebés famélicos,
liberaba más especies en los ríos, recorría más trozos de hielo sin caer al mar
(esa era difícil) o entrevistaba a más ganaderos sobre los beneficios de una
industria fuerte y eficiente.
Y afortunadamente, lo que comenzó con un reloj a punto
de la media noche del fin del mundo, se convirtió en una remota idea de algo
que era materialmente imposible.
Después de años, nadie recordó la sequía. Aliviados
por haber salvado al mundo, todos festejamos. Playas, montañas, ciudades
enteras celebrando, botellas y esperanzas al aire, fuegos de esperanza en los
meses patrios, un beso de un desconocido, celebrando al mundo unido por la
destitución de la superstición.
Y nadie notó que el mundo se secaba.
Pasó sin prisa, el mar se retraía tan lento que la
gente podía tomarlo de las puntas y estirarlo de vuelta a las playas. Pero
nadie quiso hacerlo. La gente no quería pensar que la sequía era posible,
primero por su propia paz, luego por la de los demás. Así que cuando las
personas vieron a las plantas y animales morir, a nadie se le ocurrió que
hubiera algo que podían hacer. Solo quedaba la esperanza de que el mundo no
terminara, y una confusión infinita porque, de hecho, estaba pasando.
Nadie, ni sacerdotes, ni científicos, ni políticos
podían dar cuenta de lo que ocurría. Todos revisaban sus tablas de verdad, sus
cifras maquilladas, sus promesas de prosperidad y encontraban que nada estaba
mal. Acorde a ello, el mundo debería durar al menos otras mil generaciones de
despilfarro.
Después vino el hambre.
Cuando la gente empezó a darse cuenta de que la comida
se agotaba, que el sol y el agua los abandonaban a su suerte, empezaron a
sentir el hambre gestada en ellos durante muchos años de hartazgo. Luego vino
la guerra. De alguna forma fue como si siempre hubiera estado ahí, en el
impulso homicida de una mirada de asco, rechazo y abandono. Algunos
afortunados, que escaparon de la guerra, murieron pensando que escaparían a una
dimensión digital; otros solo murieron.
Luego todo se derrumbó. Los templos y supermercados
eran arrasados, la gente bebía la sangre de su salvador en el cuerpo del
predicador, desnudaban a sus diosas en la calle y las mordían para sacar el
preciado éter alimento de vida. Pero nada podía calmar el hambre: ni la guerra,
ni la sangre, ni el odio.
Después las estrellas salieron de la Tierra.
En una última esperanza para la humanidad, todas las
naciones enviaron expediciones espaciales para encontrar una cura a la sequía.
Pensaron que, si la vida se gestó en el espacio, ahí tendría que haber una
respuesta a la debacle del mundo. Al menos esa fue la versión oficial, pero en
realidad eran misiones de colonización de planetas habitables. Pero cuando
todas las expediciones regresaron, la esperanza salió. Con los años, la
atmósfera terrestre se había rodeado de un cerco de basura espacial, que
impidió que las naves pudieran salir.
Para el final, todas las oportunidades habían sido
obviadas o excluidas: ciencia, religión, filosofía. Nada pudo salvarnos de
nuestra propia miseria. Los más sabios hundieron la cabeza en la tierra,
esperando que la vida se secara con ellos. Los más sensatos, intercambiaron
todos sus recursos por una forma de morir indolora, e incluso placentera. En lo
que respecta al resto, terminaron en una miscelánea de sangre infértil sobre
las llagas de la Tierra.
Llegó a decirse, que de todas las mentiras alrededor
de la sequía, la peor era la de un lugar al que la sequía no hubiera alcanzado.
Así, hicimos que las estrellas dejaran de palpitar y detuvimos el cosmos en
nuestra árida y agonizante Tierra. Nadie, si alguien podía, escaparía jamás de
la sequía.
Y la vida nunca más floreció.
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