Julián Matías
Julián Matías.
Conocí a Julián en la universidad. En ese tiempo yo
estaba obsesionado con la filosofía spinozeana y él era ávido lector de
Deleuze, así que nos entendimos bien. Con todo, nunca entablamos una verdadera
amistad. Julián Matías era una persona extraña y solitaria. Podías verlo en un
pasillo de la facultad y creer, por su aspecto melancólico, que sufría
terriblemente por su soledad; pero nada más lejos de la verdad. A Julián
nada le incomodaba más que la compañía, nunca te veía a los ojos y cuando
hablaba era para pedir la hora, hacer un comentario sobre lo tarde que era, o
exponer sin interrupción su última lectura.
En una de las ultimas veces que hablé con él, me contó
sobre su tema doctoral y charlamos acerca de lecturas y relecturas de los autores
de siempre. Noté que, con los años, Julián había adquirido un semblante
que rayaba lo macabro, pasando de una pasividad aburrida a una abrumante
sensación de ser observado. Me dijo que, igual que Nietzsche y otros “grandes
de la filosofía” [sic], él estaba harto de la moralidad cristiana y quería
hacer de su tesis una apología de la cultura snuff. Esto me causó gran curiosidad, pero no quise alentar a
Julián a seguir hablando del tema, porque temía los lugares a dónde esa plática
podía conducir. Afortunadamente, interpretó mal mi silencio, y se fue.
Después me enteré que el proyecto fue aceptado y
claro, surgió una controversia al interior de la academia. Pocos entendían cómo
un proyecto tan abiertamente provocador podía ser admitido por el consejo; y
menos daban crédito al trabajo, que consideraban una “aberración filosófica” y una
plasta de “sofismas tras sofismas” por lo poco que se conocía de él. Al mismo
tiempo, Julián se hacía cada vez más huraño y apartado. Continuaba su trabajo
al margen de todos, y solo compartía los avances con su asesor. Luego de eso,
solo lo vi un par de veces: una vez en una ponencia sobre disidencias, donde presentó
un avance de su primer capítulo; y cuando entregaron el premio nacional de filosofía
a nuestro maestro José Stelaris. Ese día me confesó, luego de varios tragos,
que era virgen. No respondí. “Pero para mañana, ya no lo seré”, dijo con mucho
misterio y se fue sonriendo. No lo volví a ver.
La semana pasada, en una reunión de egresados, tuve la
oportunidad de charlar con colegas de mi área y, aunque nervioso, esperaba
poder hablar con Julián. No lo encontré. Y uno de sus compañeros de seminario
me dijo que había muerto un año atrás. Añadió asqueado, que sus lecturas
estaban profundamente sesgadas y se fue. Lleno de asombro por la noticia y más
asombro por la falta de detalle, me puse a investigar.
Abordé a algunos colegas que sabía que tenían cierto
contacto con Julián. Primero, su asesor, el doctor Valente Orozco, que había
aceptado el proyecto de Julián porque pensó que sus acercamientos a la
filosofía deleuziana eran tan atrevidos que en algún punto resultaría necesario
revisar las propuestas y lecturas en ellos; y como buen deleuziano, tenía que ver
hacia dónde conducían estas lecturas tan peculiares. Cuando le pregunté sobre la
muerte de Julián, el doctor Orozco se quedó helado. Me llevó a un extremo de la
sala y me dijo en voz muy baja, que Julián había sido imputado por varios
crímenes, y que no quería que le volvieran a relacionar con él. Luego fingió
reconocer a alguien y se fue.
Aquello tenía ya un tinte de misterio que mi
naturaleza chismosa (es decir académica) no podía soportar. Tenía que llegar al
fondo del asunto, así que me acerqué a la doctora Ana de la Olla, una colega de
ambos, que conocí cuando todavía cursaba la licenciatura. Ella y Julián estaban
asesorados por el doctor Orozco, y siempre discutían sobre qué lectura de
Deleuze se acercaba más al pensamiento nietzscheano (a menudo estas discusiones
terminaban en ambos llamando oveja o camello al otro). Cuando le pregunté sobre Julián,
tuvo la misma reacción que Orozco: enmudeció, y me llevó a un extremo de la
sala para conversar.
Dijo que Julián Matías era fácilmente la peor persona
que había conocido en su vida. Que sabía, por sus lecturas, que él era una
persona desequilibrada, pero que solo hasta que murió, todos se enteraron de
aquello. Y al fin me contó, que a Julián lo habían encontrado muerto en su
departamento, después de que se quejaran de la peste que se extendía por todo
el edificio donde vivía. Al parecer, había muerto en una sesión de auto asfixia
erótica (que realizaba con regularidad, según el reporte forense); y como no
mantenía contacto con ningún familiar ni amigo, nadie lo extrañó durante varias
semanas.
Hasta ahí la historia no me parecía especialmente
incriminadora, y sí más bien triste. Pero luego me contó que, al limpiar el
departamento, se encontraron restos humanos congelados en el refrigerador. La
casera, mujer religiosa, naturalmente ordenó que la policía investigara a
fondo las pertenencias de Julián. Al parecer, encontraron una colección
bastante extensa de películas snuff,
algunas de las cuales mostraban a Julián torturando mujeres jóvenes. También
encontraron instrumentos de tortura, pieles de animales pequeños y otros filmes
de naturalezas más difíciles de describir.
En ese momento comprendí la indignación de los colegas
y el evidente rechazo de mi interlocutora. Aún así, tenía que terminar de
escuchar la historia, así que le pregunté lo que había pasado después. Nada,
dijo. Nadie supo si la policía había dado parte a los familiares de las
personas muertas, o siquiera si las habían identificado. Por su parte, la
universidad lanzó un comunicado (que llegó solo a las personas con las que
Julián estaba trabajando al momento) donde “condenaba enérgicamente” los actos
del fallecido, deslindándose de toda responsabilidad. Luego, a esas mismas
personas les hicieron firmar un acuerdo de confidencialidad. Todos firmaron.
Luego de eso, Ana entendió que acababa de violar dicho acuerdo, y volvió a enmudecer. Le dije que no se preocupara, que sólo quería saber por qué no estaba ahí.
Después, yo tampoco volví a mencionarlo.
Enoc García, Filósofo
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