Acerca del odio como sistema
En todos los años de mi existencia, no solo algunos pocos han estado marcados por lo que los filósofos llaman "las pasiones tristes". Pasiones que te atrapan, te reclaman suyo y dominan tu vida como un amante celoso. Y mi alma, que ansía ser devorada, se ha tendido placidamente sobre los brazos de estas pasiones tristes como si fuera una cama de rosas. Corona de espinas en mi frente lunar.
En el estudio de estas pasiones, algunos filósofos enumeran entre ellas: el anhelo, la angustia, el dolor, el desaliento, la ansiedad y el odio. Odio, que me impele a venir a este lugar a recitar un absurdo discurso esperando llevar claridad a mis propias ideas. Odio, que he sentido inserto en mi alma como una mancha que o bien proviene de un fondo desconocido en ella, o de un lugar a muchas estrellas de distancia. Odio que veía alzarse ominoso sobre las almas de mis congeneres y las devoraba. Noté que también quería devorarme a mí.
Ya desde hace algunos años he tenido la intuición de que el odio maneja el mundo actualmente. Que nos domina cuando las otras pasiones nos desbordan y les ofrece una salida práctica y decisiva. Yo veía cómo el odio impulsaba al mundo hacia su destino. Y le atribuí su raíz en la idea de ser. Esta cosa miscelánea que entre más explicada es menos entendida. Forma construida como pilar de la identidad. Individualidad, colectividad. El odio, como lo veo, no es una pasión arrebatada. Es un cálculo mental previo a la conciencia de la actualidad. Un mecanismo de defensa contra el mundo que se presenta miríadico e incomprensible. Y entre más incomprensible, más odiado. Yo veía en los actos de odio, excusas del Espíritu para dominar a todas las Formas de humanidad. Y cada quien guardaba la suya con celo, como si no estuvieran seguros de su respuesta a las preguntas del mundo. Yo tampoco lo estaba
Así que decidí estudiar filosofía para arrojar alguna luz sobre mis extraños pensamientos, y la forma que tenía de entenderlos y entenderme a mí. En este camino encontré un par de autores que, situados en los albores de la modernidad, ya podían ver los problemas de los que siempre me percaté: que todos están mal, que todos están bien, y que nadie tiene más razón que otro. Por una parte, la filosofía de Hume me ayudó a darme cuenta que aquello que pensamos que pensamos, esta ligado a lo que vivimos y sentimos. Que el mundo podría cambiar de un día a otro y que realmente, aquello tendría todo el sentido del mundo aunque nosotros no lo vieramos. Por otro lado, Spinoza me hizo conectar con las verdades espirituales que mis acercamientos pseudo chamánicos a la espiritualidad líquida me habían enseñado. El cuerpo como extensión y forma de la divinidad. Sin pecado, sin castigo.
Entendí, que el ser humano confunde su propia forma y vida con la forma y vida del ser Humano. Que pretendemos que nuestra sensibilidad sea universal, la más verdadera y la más aceptada. En esta arrogancia hemos construido seres y enseres de tortura y dolor. Y de nuevo nos hemos encerrado en una cárcel de pasiones tristes: anhelo por lo que queremos ser, dolor por fallar en nuestra única labor existencial y odio a todo aquello que amenace nuestra particular forma de existir. Ponemos rostros en dioses y los llevamos al altar. Prendemos cenizas en búsqueda de algo que pueda florecer muerto. Espejo del cuerpo de la humanidad. Cadaver que camina porque nadie le dijo que no podía. Porque nadie le enseñó a no ser cadaver. Yo también fui cadaver. De él aún conservo alguna parte de mi cuerpo y no diré cuál. Sigo esperando revivirla.
Y dentro de la esperanza, encontré que me rechazaba tajantemente. A mis manos marchitas, a mi rostro de fósil y un hambre heredada por diez mil generaciones de angustia. No quería mi cuerpo porque mi cuerpo era el cuerpo del mundo. Ese asqueroso y miscelaneo ser que de una forma u otra nos consume a todos. Yo lo odiaba. Y con él, también me odiaba a mí. Descubrí que todo este odio tenía una raíz común: la Idea. Entendemos la Idea de muchas y ninguna forma. Pensamos que bien es algo superior, inferior, anterior, posterior, que rige, que es regida, que surge o se genera; pero siempre es algo que está ahí como espejo del mundo. Y entre tanto espejo, ya no sé ni qué odio. Si es la idea que se implantó en mí al momento de nacer, si es la idea que me acompañó en el útero o la que me llevaré a la tumba. En cualquier caso, la idea parecía querer enseñarme a odiar. Parecía querer odiarme.
Me percaté de que, de todas estas formas de odio que sentía, ninguna era realmente mía. Pasando revista por mi cuerpo decadente, supe que yo no era alguien que odiara ni que quisiera hacer daño. Y que si lo hacía, era algo completamente accesorio a la forma más íntima de mi ser. Que aquello que me rodeaba, me hacía odiar cosas de forma inesperada y arbitraria. De pronto estaba definido por un esquema (un sistema) del que no sabía nada. Me percaté que vivía en el mundo como un avatar del mundo, sin conciencia ni elección. Como si fuera una marioneta que baila hasta que es lanzada al fuego. Yo no quería el fuego, ni ser marioneta. De todo esto pude definir que, si el odio no había nacido en mí, natural y espontáneo, era porque mi cuerpo no lo había producido. Luego, el odio era producto del lugar y el tiempo en el que estaba viviendo. A este pólipo extranjero entre las membranas de mi ser, lo llamé odio sistemático. Y al sistematizar el odio le arranqué la máscara furiosa con la que nos acostumbramos a verlo.
Debajo de ella estaba yo. Estaban todas las personas que deseaban mi bien y mi mal. Estaba el ceno acogedor de la familia y todas las veces que fui rechazado por ser distinto. Bajo la máscara vi que no había nadie furioso, ni contento. Aparecía como un autómata a prueba de Turing. Una maquinaria que seguía su orden sin poder detenerse. Una forma de formas bajo la cual mil esclavos sangraban. Estaban todas las cosas que me hicieron ser y todas las cosas de las que me todavía me nutría. Una perfección indefinible.
Bajo esta terrible visión, pensé que tal vez ese era el verdadero rostro de la humanidad. Que la corona y el cetro pasarían por mis manos y quizá podía sentirme aliviado de que así fuera. A fin de cuentas, el mundo venía con ellas. Pero el aceite que intentaba remplazar mi sangre se derramó. Mis visceras no admitían la incomodidad de no poder ser lo que soy. De no seguir el camino indicado para mí desde la eternidad. Así que me aferré a la magia de una caricia. A los momentos compartidos bajo el sol y a la alegría de saber que no estoy solo. Derrumbé las barreras que obstruían mi inminente renacer, y volví a la tierra. Volví a los muertos y al dolor. A la sombra y al sol, agradecido.
Y así he llegado aquí, puente de puente hacia un lugar que esperemos no lastime. Rezando al dios interior por poder. Querer. Vivir. Amar.
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